El extranjero - Visita de un hombre del futuro - Viaje al pasado - Descubrir una civilizacion anterior - Viajero del futuro que llega a nuestro presente - Fronteras - Migracion - Viaje espacial y temporal

El extranjero


“Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo”

Jorge Luis Borges

Cuando abrí los ojos por tercera vez, comprendí que me hallaba en el pasado. Me tomó algunos minutos descifrarlo, no sólo por el estado obnubilado de mi mente, sino por la repugnante similitud que existe entre los seres humanos de todas las épocas.

Finalmente, supe que no me encontraba en el presente porque ciertos rasgos culturales mínimos, pero harto significativos, así me lo indicaron. Caminé unos momentos (tener que caminar fue, acaso, el primer indicio de que me hallaba en un tiempo anterior) a través de la ciudad y noté vestigios que rápidamente reconocí como pertenecientes a una cultura previa a la segunda evolución. Lo noté en la arquitectura, en los vagos intentos tecnológicos y en esos monitores planos y obsoletos que aún no alcanzaban, siquiera, a representar la cuarta dimensión.

Vagué sin rumbo por esa ciudad y supe que debía desvanecerme entre las demás personas, pasar desapercibido y no llamar la atención de la guardia civil. Recordé que aquella gente del pasado mantiene un estricto régimen en el que la libertad de los sujetos está restringida por una autoridad que fundamenta su vigilancia constante en la antigua e ilusoria fantasía del bien común.

Sin duda no fue mi apariencia lo que me delató, puesto que me hice rápidamente de unas cuántas ropas coloridas que obtuve de un mercado popular. Hoy pienso que, acaso, me delató la forma en que los observaba.

Conjeturé tras unos minutos que me encontraba en las antiguas tierras del este. Aquellas que habían sabido ser el centro del mundo durante las eras anteriores y que para nuestro tiempo no eran más que ruinas, acopio de desechos de nuestra sociedad oriental. Lo supe porque los observé, los examiné con cautela.

Ellos supieron creer que los veía con un cierto desprecio pero, a decir verdad, los veía con asombro. Observé cómo se arrastraban, cómo se movían como bestias bípedas que aún reptan tolerando las imperfecciones del terreno. Cómo balancean sus miembros superiores para darle equilibrio a un cuerpo notoriamente imperfecto del cual se vanaglorian y enorgullecen. Los vi revolcarse en la tierra, recostarse sobre los pastos como animales mientras disfrutan un alimento que aún no se resuelve a ser completamente artificial.

Fui apresado en un parque (una especie de centro recreativo pero en el que aún, sorprendentemente, los árboles y la luz del sol son naturales) por unos guardias civiles que me increparon con múltiples preguntas en alguna derivación antigua de las lenguas sajonas. Evidentemente para mí fue imposible responderles, pero comprendí que les intrigaba de dónde provenía. No dije nada y para cuando resolví escapar ya estaban sometiéndome a golpes, como lo hacen los bárbaros.

Al poco tiempo comprendí la razón de sus insistentes preguntas. Si bien la cuestión se mostraba completamente absurda, entendí la naturaleza de su motivación. Yo había regresado a esos tiempos incoherentes y vetustos en los que los estados aún conservaban una cautela especial por sus límites y fronteras, y en los que el tránsito libre no estaba permitido.

Había regresado, lamentablemente, a aquellas épocas en las que la gente creía pertenecer a un lugar determinado del orbe, y para trasladarse uno debía contar con una serie de permisos especiales. Fue entonces cuando terminé de descifrar la razón del apodo con el que se referían a mí. Esos guardias, brutales y necios, habían resuelto llamarme “El extranjero”.

Allí me increparon constante e insistentemente. En un principio no alcanzaba a comprender del todo sus palabras puesto que, como dije anteriormente, me hallaba en una época en la que en el mundo se hablaban una serie infinita de múltiples lenguajes y dialectos; variedades que mi tiempo ha olvidado para evitar guerras y conflictos, exhortando a todo el mundo a consentir un mismo idioma: el mandarín.

Si bien logré, finalmente, descifrar lo que me preguntaban, resolví que sería inútil responderles. Sería imposible para ellos comprender que yo no era un extranjero. Que yo no venía únicamente de otro lugar sino también de otro tiempo en el que las cosas funcionaban de un modo dispar. Cómo explicarles que en mi tiempo no hay fronteras; cómo expresar que la patria, un concepto que ellos parecían estimar tanto, en mi tiempo no es más que una convención mítica o anecdótica o irrisoria. Que en mi tiempo todo el mundo es de todos lados y no existen restricciones de traslado, que hemos olvidado los engañosos linajes de la sangre y de las células para guiarnos mejor por cuestiones más trascendentales.

No. Era imposible que comprendieran todo ello. Por eso mi silencio.

El silencio y la paciencia, cualidades que mi época aún enseñaba, serían las únicas formas de escapar de allí. Yo sabía bien que debía esperar a caer en un profundo sueño y sortear así lo que no podía ser más que uno de mis tantos viajes. Una experiencia lamentable, pero única, que me contactaba con seres arcaicos e imprudentes.

Cerré los ojos con fuerza. Traté de obligarme a dormir o a despertar, que es lo mismo. Quise terminar con aquel suplicio de una vez y para siempre. Por supuesto no lo logré, pero sí conseguí irritar aún más a mis captores. Los golpes, evidentemente, no se hicieron esperar. Estos seres creen (o creían) que la verdad puede extraerse a base de flagelos.

Tras derruir mi cuerpo buscando flaquear mi alma, me dejaron encerrado en una de esas celdas que disponían para el suplicio… y me olvidaron.

Ahora, el tiempo ha pasado, el tiempo infinito que nunca avanza. La luz se apaga o no lo hace, y yo espero en mi celda con los ojos cerrados. A decir verdad no sé si espero el sueño o la vigilia, pero he comprobado que rara vez llegan. Acaso lo que me consuela es que en el esquema que estos antiguos suelen llamar tiempo, una línea de hechos que se interpretan de forma sucesiva, para alcanzar el futuro, aquel futuro que es mi presente, basta tan sólo con sentarse y esperar…

Utrecht, 2012

Biblioteca de Utrecht - Utrecht University - Fragmento de un relato encontrado en un libro

Fragmento anónimo


 . 

Estimado lector, las líneas que se encuentran más abajo no conforman un relato fantástico, no surgen como resultado de mi imaginación y no puedo adjudicarme su calidad poética y literaria. A decir verdad, en un principio, pensé por unos momentos que si publicaba estas líneas (líneas de las cuales desconozco el autor) podría sin ninguna dificultad apropiármelas y nadie, jamás, se daría cuenta de mi fraude. Pero el hecho es que, finalmente, resolví no hacerlo.

La verdadera procedencia del texto es un libro, un antiguo libro de W. F. Hermans que obtuve hace algunos días de la impresionante biblioteca de la Universidad de Utrecht. Siendo estricto, he de admitir que su contenido quizás tampoco pertenezca a Hermans puesto que el texto al que me refiero (que constaba de no más de veinte líneas, al menos en su idioma original) estaba escrito en un trozo de papel escondido entre las hojas del libro; es por esto que intuyo que no pertenece a Hermans sino a algún lector eventual de su obra.

Con mis escasos conocimientos del neerlandés me dispuse a llevar a cabo la mejor traducción que me fuera posible, y es esa traducción la que expongo en las líneas por venir. Pido de antemano una disculpa si el pasaje no presenta una transcripción fiel o si algo de su cualidad poética se ha perdido; como ya mencioné no soy un experto y, por otro lado, el neerlandés es un idioma que consta de palabras construidas por la sumatoria de otras palabras (como es común en las lenguas sajonas), por ende me fue imposible conservar la poética de algunos de los adjetivos y perpetuar el sentido de ciertas metáforas. Sin más apologías que valgan, comparto el fragmento:

“Los veo a todos, los escucho a todos. Cómo me agasajan, cómo me admiran por mi recorrido, por mi trayectoria. Cómo suelen creer que soy un hombre célebre y pleno. Cómo suelen creer que de algún modo llevo la vida que todos ellos desearían llevar. Cómo creen que hago lo que hago por placer y con gusto. Cómo todos ellos me miran y creen que soy un escritor.

Por suerte me ven de lejos, como quien ve aquello con lo que no desea involucrarse. Me ven desde allí, como aquel que toma un libro de vez en cuando para entretenerse. Ellos me acercan sus ensayos poéticos y me preguntan mi opinión, yo ignoro lo que pienso y les ofrezco una palabra de aliento. Porque no quiero lastimarlos, porque me admiran y no quiero lastimarlos. Pero me admiran porque creen que soy un escritor.

Pero si se acercaran, si no sólo me conocieran a través de mis libros, conocerían la verdad. Que esa cualidad que ellos admiran en mí tiene poco que ver conmigo. Que no es más que una maldición. Que escribir no es una forma artística de expresar ideas sino que es, en realidad, una condena. Una condena que me oculta y me aparta, una condena que me impide realmente vivir. Que el escritor está condenado a una vida instrumental de eternas correcciones y rescrituras para decir lo que quiere, para pedir lo que quiere, para vivir lo que quiere.

Ellos no comprenden, y quizás nunca lo comprendan, que el escritor escribe para soñar un mundo, porque el mundo que le fue dado no le basta, no le sirve para vivir. Porque la hoja y la pluma son un escudo y una espada con la cual se enfrenta a una realidad terrible que ataca con corduras y sensateces a las fantasías poéticas de la sinrazón. El escritor no escribe para comunicar ni para expresar, el escritor escribe para poder vivir. Lo hace para enfrentar, al menos de esta forma cobarde y atrincherada, lo que todos los demás combaten arriesgando sus vidas. Pero ellos piensan que lo hago porque creen que soy un escritor.

Y si insisto en que estoy condenado es porque, contrario a lo que todos suponen, yo no escribo la letra… la letra me escribe a mí. Las palabras surgen a través de mí, me utilizan como un instrumento para alcanzar su existencia. Pero yo no las pienso, no las esbozo, no las elijo. Mi única tarea, acaso, en este proceso perverso sea el acto, fundamental e inicial, de acercar la pluma hacia el papel; lo que sucede después no me pertenece. Las palabras surgen a pesar de mí.

Y si me felicitan, si me admiran, si se conmueven es porque creen que soy un escritor. Pero ahora lo confieso, yo nunca escribo, son las palabras las que se inscriben en mí. Entonces hacen mal en llamarme escritor… quizás, más bien, deberían nombrarme escrito.”

 

Anónimo,

Utrecht, 2012

Caminar - Niña abandonada - Dolor - Migrantes - Inmigrantes - Narcotrafico - Secuestro - Asesinato - Escaleras de Escher - Sufrimiento - Abandono - Derechos Humanos - ONU - CNDH - Seguir el camino - Niña desahuciada

Caminar…



Laura abrió los ojos y vio la luz del sol. Cinco días sin mirarla, cinco días que parecieron años, no afectaron en nada el fulgor de aquella luz. Allí estaba, inmóvil pero invariable, como si nunca se hubiera ido. Ahora ella volvía a ver el sol, quizás porque el viaje ya había acabado o quizás porque apenas comenzaba. Pero Laura sabía que algo no andaba bien.

A veces los adultos mienten deliberadamente porque están acostumbrados a vivir en el mundo adulto, donde lo hacen con descaro y sin consecuencias, pero a un niño no se le puede mentir tan fácilmente, ellos se dan cuenta. Y Laura se dio cuenta. Se dio cuenta de que el viaje no fue tan corto como le prometieron, que el Salvador no estaba tan cerca de allí como decían, y que esconderse implica que uno está haciendo algo malo. Miles de preguntas rondaban por su mente: ¿Por qué si sólo vamos de visita debía llevarse todas sus cosas?, ¿Por qué esconderse en la parte trasera de una camioneta?, ¿Por qué comer tan sólo las migajas que les tiraban?, ¿Por qué tener que susurrar o, simplemente, guardar silencio?

La mentira y el engaño no son lo mismo. La mentira es una artimaña de uno, el engaño es siempre un juego entre dos. Laura sabía que aquello que le decían no era cierto, pero asentía y aceptaba jugar. De todas maneras si ellos la engañaban con boberías en cuanto al viaje, ella podía engañarles haciéndoles creer que se las creía.

Laura sabía que algo no andaba bien. No entendía muchas de las palabras que decían aquellos hombres, y esto acaso se debía a que aún estaba deslumbrada por volver a ver el sol, pero sentía la violencia de sus gritos y el odio en sus miradas. En el preciso momento en que vio que se disponían a sacar sus armas, algo desde muy adentro la impulsó a correr. Desde luego nadie la siguió; era una niña, qué podría hacer… Pero corriendo con todas sus fuerzas y sin mirar atrás siquiera una vez, oyó los disparos a lo lejos. Los disparos que acabaron con las vidas y sueños de sus padres, de sus hermanos,  y los suyos.

Caminar es a veces buscar un destino, y otra veces vagar sin rumbo. Caminar sola, desahuciada, en un país extraño donde nadie puede verte, es lo más parecido a estar en el infierno.  Es saber que dar un paso más podría matarte, pero no darlo sería exactamente igual. Es ser un inmigrante en tierra de nadie. Muchos dirán que la indefensión de Laura pasaba por su edad, pero esto no es así. Lo que volvía tan frágil a Laura era ser un fantasma entre tantos vivos, un fantasma sin derechos, sin pasado ni futuro, un fantasma al que todos se esforzaban por no ver.

Tras días enteros de caminar y caminar, de comer lo que encontrara y de intentar esconderse, Laura finalmente se detuvo. Pero no lo hizo por haber llegado a su destino o porque sus piernas ya no pudieran continuar. Laura se detuvo porque halló algo inconcebible. A un lado de la calle, mientras caminaba, observó algo que resaltó ante sus ojos dentro de todo el contexto: era una proclama azul con enormes letras blancas, en la que alcanzó a leer como título “Derechos humanos”.

Laura se sorprendió como se sorprende alguien que por primera vez descubre la existencia de algo nuevo. Fueron la curiosidad y el miedo los que la instaron a acercarse. La proclama era enorme y, sin embargo todos, incluso ella, parecían ignorar completamente su contenido. Al comenzar a leer, sus ojos se llenaron de lágrimas: “Derecho a la vida… Prohibición de la tortura… Libertad personal… Protección judicial… Igualdad…”. Laura se sintió por un momento fuera de este mundo, se sintió elevarse en una nube aterciopelada que la acercaba a un mundo ideal; pero la realidad, de una u otra manera, siempre termina por irrumpir violentamente. Laura comenzó a llorar desconsoladamente. No sólo por el absurdo momento que estaba viviendo, ni por lo irónico de estar parada frente a esa proclama, sino más bien porque un profundo dolor invadía su alma.

Pensó en sus padres, en sus hermanos, incluso pensó en ella misma. Se preguntó por qué ella no poseía esos derechos, por qué si los derechos eran universales ella parecía haber quedado excluida de esa asignación. Se cuestionó, a su vez, qué sentido tendría la existencia de estas proclamas si el mundo, allá afuera, continuaba rigiéndose con aquellas reglas que a ella le había tocado vivir en carne propia. Completamente desahuciada cayó al suelo y, tras unos momentos de sollozar, una sonrisa se dibujó en su rostro. No sonreía de felicidad, sonreía porque había comprendido.

Fue entonces que decidió emprender una vez más su camino. Caminó y caminó, quizás porque para el migrante seguir caminando es una forma de jamás volver a recordar.

Moto - Motocicleta - Accidente - Siniestro - Choque - Autos chocados - Accidente en via publica

Las partes y el todo



A mi viejo amigo…

 

No sé cómo sucedió. Ni vaga, ni exactamente. Es difícil entender la situación cuando depronto las luces se apagan y uno se vuelve víctima de la oscuridad. El silencio es algo hermoso, creo que nunca antes había sido capaz de percibirlo; quizás tuve que llegar hasta esto para hallar un momento de tranquilidad. ¡Ya recuerdo! Pensaba en Laura y en los chicos, en la cuota y en el dentista, en cómo tirar hasta fin de mes en un país donde el desafío es lograr sobrevivir el día. Lo siguiente, paz. Oscuridad, silencio y paz. Sin cuentas, sin gritos, sin reproches, sin exigencias, paz. Después la luz volvió, y no voy a negar que por un momento ansié regresar a ese pacífico lugar, pero fue entonces cuando me di cuenta. Sentí la sangre que corría por mi cuello, y cuando llegó a la nariz no me dejó respirar. Una señora preocupada me hablaba mirándome a los ojos, parecía una escena de alguna película muda, pero en cámara lenta y a color. Creo que incluso le sonreí. Lo que vino después fue el dolor. Un dolor terrible e insoportable, y fue entonces cuando preferí haber muerto.

El aire es denso en una ciudad como esta, incluso en los días en los que el calor no azota. Había sido la vida la que decidió que mi lugar era este, tan alto; y ahora, súbitamente, me baja. Todos me hablan, supongo que se dirigen a mí. Algunos, incluso, me insultan. Creo que nunca me había tomado el tiempo para observar el cielo. Quizás esta no sea una de las mejores situaciones de mi vida, pero reconozco que hoy el cielo se aprecia hermoso. Es como si estuviera estático, el cielo ante mí se plantea como un ente fijo, monumental y perenne. Quizás el cielo no se detuvo, quizás el que ya no corre soy yo. Y es que ¿Por qué correr? ¿Hacia dónde? No hay razón, ni destino. Siempre lo supe, pero había logrado engañarme… Acaso hoy lo entendí. La vida no es infinita, lo sé; sin embargo, hay momentos infinitos. Momentos que duran toda una vida, una vida que se asemeja dolorosamente a la eternidad. Quizás al fin he comprendido el sentido de la vida, de mi vida. Lo comprendí hoy, irónicamente, el día en que me convertí en un asesino.

Cuando llegué la situación ya era desastrosa. Se rumoreaba que el joven había cruzado con la luz roja, que un ánimo de valentía invadió su corazón y se creyó capaz de una hazaña demasiado grande, aquella que le costó la vida. Por supuesto, como siempre sucede en casos como este, había versiones contradictorias. Decían también que el conductor no circulaba mirando hacia el frente, que cruzó desprevenido mientras leía un mensaje de texto desde su costoso celular. Su cara no contradecía estas versiones, pero qué puede esperarse de un pobre hombre en una situación similar. Si no lo mató el impacto, el temor lo haría en pocos minutos. Al menos el temor logró paralizarlo, de hecho aquí estaba; no había intentado huir como lo hacen los criminales en estos pobres suelos latinoamericanos. Yo no vi nada, pero si alguien me cuestiona diré la verdad, el culpable fue el chico de la moto.

Yo los observo desde aquí y no puedo evitar sonreírme, aunque lo mismo deben sentir ellos al mirar hacia arriba.

Discurso Popular - Movimientos revolucionario - Gobierno de Izquierda - Politica - Populismo - Gobierno Militar - Ultraderecha - Gobierno de facto

Demagogia


“Como en los sistemas totalitarios,

definidos por el hecho de que en ellos todo lo permitido es obligatorio…”

Jacques Lacan



“Aquí… frente a todos ustedes… porque es mi deber, porque lo siento desde lo más profundo de mi pecho, y porque nuestra causa y la patria lo demandan. Me planto aquí, mirándoles a los ojos… como su líder, su general… para tratar de compartirles algo de la felicidad que corre por mis venas, algo del júbilo que me invade al verme en la disposición de comunicarles, finalmente, cuáles serán los próximos pasos a seguir.

Sé que cuento con ustedes, con su apoyo, con el espíritu de una nación que lucha por lo que es suyo frente al terrible invasor que intenta subyugarla… Como bien saben todos ustedes… compañeros… incluso las causas más nobles obligan a aquellos, puros de corazón, a conocer el sacrificio y la legítima lucha antes que conocer los infinitos y sagrados beneficios de la verdad. Hemos tenido, a veces, que incurrir en actos que parecieron erráticos y desconcertantes… pero déjenme decirles que siempre lo hemos hecho con un claro objetivo en la mente… ¡Esta lucha no es fácil, compañeros! ¡No es fácil! Y nuestra causa vale todo este sudor… y toda esta sangre.

El enemigo es siempre astuto y diligente… no descansa ni de día ni de noche, está siempre atento para detectar nuestros momentos de flaqueza e intentar hacernos claudicar.

Por esto mismo, compañeros, les comunicaré las nuevas medidas que debemos tomar. A veces podrán parecer crudas o desalmadas, pero en el fondo no buscan más que el beneficio de todos… el bien común… el bien común y ¡la libertad! ¡La libertad que nos fue robada y que recuperaremos de la forma en que sea necesario! Porque es nuestro derecho elegir cómo guiar nuestras vidas… es nuestro derecho como humanos liberarnos de este velado método de represión que no nos permite ser libres.

Procederé a dar lectura, ahora, a las medidas que hemos determinado:

1. El movimiento se dispone a tomar las armas. He seleccionado un brazo armado que es de mi extrema confianza, para lograr combatir a todos aquellos que, ilegalmente, porten armas y pongan en peligro nuestra patria.

2. El libre tránsito de los ciudadanos se verá temporalmente coartado, y se mantendrá así hasta que logremos determinar que no existen ya, en las calles de nuestra amada república, peligros para los ciudadanos honrados.

3. La asignación de los bienes comestibles comenzará a llevarse a cabo con menor frecuencia: una vez cada dos días. Las familias deberán presentarse a recoger lo que por derecho constitucional les corresponde, pero deberán hacerlo en el orden que posteriormente dispondré.

4. Quedan momentánea pero estrictamente prohibidas las reuniones sociales de más de tres personas.

5. Nadie podrá…”

El discurso fue interrumpido aquí por el pueblo quien, en un acto de revolución extrema, decidió dar muerte al líder que antes solían alzar en andas.

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Retrato escrito


Creo que hoy, a pesar de todas las situaciones adversas, es el día indicado. Hoy escribiré. Me pregunto quién será el encargado de recibir estos símbolos y descifrarlos no sin un cierto dejo de incuria. Quizás, lo que me dispongo a hacer sea ya una tarea de otros tiempos. Quizás el tiempo me ha olvidado. En estos días en que el Estado ha decidido prohibir tajantemente la reproducción de cualquier tipo de efigie visual, la tarea que me he propuesto (no es que intente desafiar la determinación estatal, por el contrario, todos conocemos lo perjudiciales que pueden ser las imágenes) podrá ser considerada, simplemente, una locura.

El mundo, parece ser, se había convertido en una pugna desaforada por la primacía de la apariencia. La vida no era más que una representación virtual de aquella vida que vivían los antiguos. Fue entonces cuando el Estado, regidor único de todo el asteroide, decidió abolir la reproducción de la realidad por medio de imágenes.

Entonces aquí me encuentro yo, con el corazón desfalleciente y pendiendo de un hilo. Dentro de mí, sin embargo, subsiste una última voluntad: sólo quisiera compartirle al resto de mi especie, los presentes y los futuros, la efigie de la mujer que hizo de mi vida un cúmulo invaluable de fortunas y de dichas. Quisiera inmortalizarla, pero la pintura y la fotografía me fueron vedadas. Es por eso, que es así como la esbozo:

“Sus cabellos son como las olas del mar en una mañana de verano, encrespados y feroces pero capaces de reflejar el incansable brillo de los soles que los iluminan; finas hebras de seda rubia, que ceden ante el destructivo paso de mis dedos y a la vez batallan por regresar a su estado original.

En su frente habita un río seco, un desierto infinito que se tuerce y que da paso a unas a cejas expresivas pero frugales.

En sus ojos, ¡En esos ojos! Uno siente, si los mira, que allí la vida comienza y termina. En esa pradera verde de ilusiones compartidas, de temores que nacen, lastiman y mueren con un solo destello de su mirada fulminante. No hay nada en ellos que no se inunde de misterios y de amores.

Su nariz es vituperio. Es un monte atrevido que sale al acecho y se destruye contra el enemigo si lo roza; un perfil desconocido, tremebundo, y la vez, sereno.

Si sus labios no fueran indescriptibles, trataría al menos en sueños de recrearlos. Si no supiera, con la fría claridad que brinda la modernidad, que el paraíso que se figuraban los antiguos no era más que una metáfora, un sueño ideal, diría que esa boca era el paraíso…”

Creo que has podido, lector, imaginarla. Es esa la mujer que ha robado mis sueños y mis vigilias, mis dichas y mis desdichas, mis pasiones y mis temores. Hoy voy a morir, es cierto, pero si la encuentras, si las ves caminando por las ruinas, rescatando la esperanza de entre los escombros, dile que alguna vez ha existido un hombre que ha vivido para ella…

Amor - El amor encadena - Muerte - Soledad - Romeo y Julieta

Julieta, en el siglo XXI


“Es difícil renunciar de repente a un amor antiguo…”

Catulo


 

“¿Cómo logro, querido padre, que mi corazón pueda distinguir entre quien es Montesco y quien no lo es?, ¿Qué habré de hacer, entonces, si amo al hombre equivocado? La razón no dicta sobre el corazón, y yo amo a Romeo Montesco…“. Leyó ella en alguna mala traducción de Romeo y Julieta, acaso su historia de amor predilecta. Entonces, todo sucedió. Levantó la vista y sintió como si algo muy profundo, que clamaba desde adentro, urgiera por salir. Sintió, también, una fuerza y una determinación inusitada.

De un sólo impulso se levantó del sofá blanco; aquel sofá que había recibido como única y miserable herencia de su padre. Su mente se ufanaba de una absoluta determinación. Creía, por primera vez en su vida, estar segura de lo que debía hacer. Las palabras de Julieta retumbaban en su cabeza. La libertad se había convertido en una posibilidad asequible. Encerró a su perro y aceptó, al menos para ella misma, que también de él quería deshacerse.

Cerró la puerta.

Mientras bajaba corriendo por las escaleras, pensaba en el discurso que pronto brindaría. Basta de cárceles; basta de mentiras. Ya no podía concebir una idea del amor como la que había practicado todo este tiempo. Era momento de dejar de fingir una felicidad que no sentía. Dejar de responder a las demandas de otros, y comenzar a tomar un rumbo propio para su propia vida.

-Al fin y al cabo – Pensó –Si Julieta pudo, ¿Por qué yo no?

Entendió el absurdo de refugiarse en cómodas decisiones consensuadas, si uno es incapaz de vivir plena y libremente. Pues quien intenta prohibir o dirigir el amor sincero y espontáneo hacia un puerto de mejores resultados políticos, no ha comprendido nada.

Las ideas de libertad inundaban su cabeza. Se desconoció a sí misma. Desconoció cómo había sido capaz de orquestar y recrear una situación como ésta. Cómo fue capaz de encubrir y restringir su verdadero amor (un amor de libros, confesiones y éxtasis), y sostener esta farsa protocolar y tortuosa.

Reparó en lo irónico de la infidelidad: para ella ser infiel no recaía en no estar únicamente con su pareja, sino en estarlo. De todas maneras, en esta situación, a la única que le era infiel era a ella misma.

Pensó en llamarlo; en compartirle, rebosante de plenitud, lo que había comprendido finalmente y lo que, por ende, se disponía a hacer. Pero luego se decidió a comunicárselo una vez que el hecho estuviera consumado. Resolvió, entonces, llamarlo a Él, no a Romeo. Le preguntó si estaría en su casa, si podía visitarlo para discutir unos minutos. Él dijo que sí.

Estacionó su automóvil. No necesitó repasar lo que diría, ni tomar aire o coger valor. Sabía muy bien lo que hacía, no requería de ningún ensayo. Su cara ya albergaba la mueca de la felicidad. Abrió la puerta con las llaves que hacía tanto tiempo Él le había dado, y que ella nunca antes había querido utilizar.

A la penumbra solamente la surcaba la luz de las velas. La música romántica la desconcertó. Sonriente, irritante y bien vestido apareció Él. De algún modo la plétora en ella se interrumpió.

Él la invitó a sentarse a la mesa y, entre clichés lastimosos y acartonadas palabras de amor, le propuso que se dieran otra oportunidad, que no dejaran que la rutina los absorbiera, que recordaran aquellos lejanos y nostálgicos días en que uno al otro se juraban amor eterno.

Él le dijo que la amaba, y ella le mintió.

No logró creer completamente en sus palabras, pero se esforzó. Temerosa y desahuciada se esforzó.

Quizás cambió toda esa vitalidad por culpa, desprecio y lástima. Lo cierto, es que nuevamente se rindió y aceptó que a veces es más fácil amar a quien se debe, que a quien se quiere.

Parque - Buenos Aires - Recuerdos - El parque de la infancia - Volver

La plaza



Para Buenos Aires…

 

 

Regresé a Guaymallén el jueves por la tarde. De todas maneras no habrá un solo hecho de éste, mi último viaje, que yo pueda rememorar sin albergar un sentido anecdótico.  Los años no pasan en vano, y no queda ya de mi pueblo casi nada de lo que fue. Sin duda, al tiempo en que tramo estas vanas ideas, reconozco en ellas el absurdo: Guaymallén fue y será siempre el mismo. Quizás, lo que yo anhelaba era reencontrarme con el pueblo de mi infancia.

Transitando callejas polvorientas descubrí cuánto he cambiado. Cuántas cosas, cuántos recuerdos adorables del niño que un día fui, hoy se desvanecen. Los lugares recordados pierden su magia cuando se los enfrenta de nuevo con la cruel realidad. Comencé a pensar luego que volver, acaso, no fue tan buena idea.

Volví, también, para encontrarme con algunas personas. Personajes de mi vida que mi mente exhuma con una fidelidad muy pobre pero con un amor intenso. No deja de extrañarme, con algún embargo, la sorpresa que me invadió al darme cuenta que Don José ya no era quien vendía los helados, y que el kiosco de la vieja Rosa había sido sustituido por uno de esos comercios que exaltan la eficiencia. Creo que soñé encontrarme con aquella fotografía mnémica que tomé hace ya tantos años, y que evidentemente el tiempo jamás podría haber respetado.

Pensé entonces que la familia sería acaso un hecho inamovible. Sé que yo partí, pero muchos otros se quedaron. Aquellos, son a los que busqué con ahínco. El tiempo pasó, y la muerte con él. Ambos llegaron como terribles convidados; ineludibles y fatales. Me enteré que de mis contemporáneos no existe uno que aún respire, son fantasmas involuntarios que sólo en mis sueños adquieren el movimiento ilusorio que da la vida. Busqué entonces a mis sucesores: partieron víctimas de sus aspiraciones, de la desesperación o de la irremediable realidad de mi país. Pensé en mi padre, en mi madre; entonces una imprevista lágrima impidió que siguiera pensando.

Me hallé en este pueblo, que había sabido ser el mío, como un solitario e intruso visitador.

Caminé sin rumbo y llegué, por azar o por destino (que es lo mismo), a tu casa. Esa casa que tantas tardes fue mi casa. No existía de vos ni siquiera tu recuerdo. Pero pude ver a la distancia el banco de la plaza. Aquel banco de años mozos donde la primavera supo sorprendernos inventando un sentimiento que llamábamos amor.

Caminé hacia él como quien camina sus últimos pasos hacia un objetivo último. El frío viento vespertino engalanaba mi camino con una alfombra hecha de hojas secas de los árboles de la plaza, de mi plaza. Llegué a él y lo toqué. El hierro helado apenas se entibiaba en mi memoria. Sin dudarlo ni una vez, me dejé caer. Cerré lentamente mis ojos. Sabía, como sabe el elefante, que era éste el lugar donde moriría. La muerte me susurró en el oído una frase en un dialecto que no comprendí. Sentí un ímpetu que nacía desde mi interior y me obligaba a seguirla, incluso imaginé cómo me levantaba. De pronto, mi viejo rostro miró súbitamente hacia atrás y, no sin cierta sorpresa, dije:

-Hola Mercedes. Parece que el tiempo para vos no pasó. Estás igual que en mis recuerdos…

Narciso - Reflejjo - Reflejarse en el agua - Morir por el reflejo - La imagen - Mitologia

Un eco y un reflejo



“La hermosura es una tiranía de corta duración…”

Sócrates



Hace ya tiempo que espero paciente. Durante el día correteo y me divierto; me deslizo por el único terreno al que tengo acceso. Nado un poco, me refresco y me distraigo. Por las noches me inunda una falsa serenidad. Permanezco recostado, mirando fijamente a la luna que alumbra sobre mí, mientras cuento pausadamente los minutos para la salida del sol.

Decir que me aburro sería mentir. A mis espaldas transitan infinitas cantidades de peces de colores. Las plantas que habitan por debajo de la superficie, acaso hayan perdido su brillo y su fulgor, pero poseen una vitalidad soterrada o invisible. Frente a mis ojos se despliega la sempiterna bóveda celeste. En ella los pájaros y las mariposas practican rondas majestuosas, que se repiten hasta la eternidad. Supongo que el ave que observo siempre es la misma, salvo que todas lo sean.

A veces puedo percibir la música que proviene de las flautas y de las voces. Oigo cientos de mujeres jóvenes que disfrutan del paisaje y de la libertad. Siempre intento asomarme para verlas. Siempre, aunque sé que a mí la perpendicularidad me fue vedada. Entonces me contento con escucharlas. A veces juego a imaginar cómo serán sus caras, sus exóticos peinados y disfraces. Me pregunto cómo serán sus cuerpos: ¿Serán, acaso, tan hermosas como yo?

Muchas tardes me imagino. Rememoro mis claros ojos, lo lacio y rubio de mi cabello, que adorna la ya perfecta denominación de mi semblante. Por mi postura, lograr una posición desde la que pueda apreciarme, es casi imposible. Recuerdo, sin embargo, que una vez, en el principio de los tiempos, pude verme.

Y todavía me rememoro: Mi perfecta nariz se extiende a lo largo de mi rostro, dividiéndolo en dos mitades exquisitamente simétricas. Mi efigie, diseñada por dioses bien inspirados en la perfección de la medida aurea, multiplica cientos de veces en cada estela la luminosidad de Helios. Mi cuerpo parece esculpido con minuciosidad por las mismísimas manos de afrodita sobre el bloque de mármol más bello jamás existido.

Reconozco que soy digno de ser amado. En el pasado, cuando aún no había sido condenado a mi martirio actual, miles de hombres y mujeres viajaban desde las lejanas tierras que circundan el mar Egeo tan sólo para contemplarme por unos minutos. Sin embargo, yo he sido siempre fiel a mí mismo. Desde el exacto día en que el amor colmó mi alma, no he hecho más que pensar en él. Lo espero con tremendas ansias. Lo anhelo con el corazón en las manos.

Todos los seres que habitan aquí conmigo me instan a olvidarlo. Me recuerdan que tanto tiempo sin saber de él, no es más que una muestra de su indiferencia. Pero ellos desconocen lo que me fue dado sentir: observar al ser amado y poder reflejarse profundamente en sus ojos. Haber encontrado la parte faltante de uno mismo, aquel que brinda la completud y la perfección.

Sé que nadie podrá comprenderme. Sé que seré juzgado como un loco. Sin embargo, cuando alguien ha encontrado realmente el amor, descubre lo cerca que éste está de la locura. Paciente, entonces, cuento los segundos hasta poder reencontrarme con quien amo. Un ser perfecto, al igual que yo.

Hoy por la tarde le he oído. Finalmente, después de interminables años de espera, logré sentir sus pasos cerca de mí. Distinguí voz su espléndida. La perfecta entonación de una melodía que recuerdo haber escuchado en sueños. Aunque a mí, la utopía y el alivio que brindan los sueños, me han sido vedados. Sé que es él, sería imposible confundirlo. Todo el universo observa expectante la coincidencia que tanto anheló.

De pronto, lo vi. Se torció y nuestros idénticos ojos volvieron a encontrarse. Lo observé con detenimiento, con admiración. Su belleza tan sólo se equipara a la mía, es infinitamente hermoso y perfecto… como yo.

-Ven, acércate a mí y bésame – Le dije.

Lentamente se inclinó hacia mí. Pude ver un idéntico fulgor en sus ojos. Estaba tan enamorado como yo, lo sé… fui capaz de sentirlo. Se acercó tanto, con tal pasión en su alma, que de pronto mi piel, húmeda y resplandeciente, tocó la suya, tan tersa y tan cálida.

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-¡Auxilio!… ¡Auxilio! – Gritó desesperadamente la Ninfa -¡Narciso se ahoga!… Se ahoga.

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Memento Mori


A mi abuela…

 

Recuerdo que alguna vez fui Nina Di Salvo. Hoy los días y las noches me encuentran sentada; más bien, tendida sobre este sofá. La vida me ha pasado de largo. Observé, inmóvil, cómo escapaba de mí.

Los días y las noches suelen sorprenderme. Lo digo porque, con el paso de los años, se han vuelto sorprendentes muchas cosas que yo antes conocía. De pronto el cielo se torna oscuro, hay sonidos que afloran, brillantes y ruidosos, y me asustan. De pronto el sol, sorpresivamente, practica su redentora aparición. Las novedades cotidianas ya no tienen cabida en mi memoria, me parecen inasibles; me parecen insondables y ajenas. El deterioro fue paulatino, no súbito: tuve la suerte de sufrir lentamente al verla desaparecer. Lo novedoso se me escapa, pero el pasado es algo que mi memoria logra exhumar con bastante éxito. Recuerdo a mis abuelas, a mi hermano enfermo; recuerdo cómo mi madre me decía:

-Nada hay en el corazón de un hombre que le convenga a una mujer.

Los minutos parecen horas, las horas segundos que transcurren más allá de mí. El tiempo se vuelve algo incomprensible cuando abunda. Tal vez yo sea ya un ser intemporal, sin presente ni futuro; sólo con un pasado latente y venidero. Los demás me aseguran que los días pasan, y yo no oso desmentirles. No seré yo quien destruya su fantasía de un tiempo lineal. Además, veo cómo sus infinitas diligencias consumen trozos insalvables de su vida. Si hubiera podido entender esto antes, no vería la vida escurrir como arena por mis dedos. Ahora, quien no resiente los estragos del tiempo soy yo.

Siento poder ver cómo la felicidad practica tentadoras rondas cerca de mí, pero no puedo alcanzarla, mucho menos sentirla. A veces creo que debería levantarme, otras juzgo que sería muy inútil. Mis miedos me susurran por las noches. Me recuerdan cosas que inventé. De muchas de ellas me arrepiento. Pero este es sólo un tormento nocturno, el día propicia que las olvide.

Hay algo sabio en mi ignorancia. Veo cosas conocidas, pero me parecen novedosas cada vez. Todavía rememoro algunas formas y, cuando incluso aquellos trozos se me niegan, relleno con fantasías una realidad que me fue infiel. Entiendo que haya gente que me juzgue de mentirosa o falseadora. Habrán olvidado, acaso, que no existe una persona en este mundo que no se haya encargado de construir los recuerdos que plagan su memoria. Sostengo que, aunque mi caso sea un ejercicio exagerado, no exime a los demás de acciones semejantes.

Es cierto, mi memoria ya no es la que solía ser. Pero ustedes deben entender que cincuenta años junto a la misma persona obligan a que en su ausencia, la vida se ausente también. Siento que antes fui feliz. Y una vida feliz sólo se logra si uno puede olvidarse, al menos por momentos, de que va a morir. Ahora la muerte está siempre presente. Y la muerte, a veces, se acompaña de la decrepitud de la vida.

Por un momento creí que acumular recuerdos durante ochenta y siete años, logra saturar la capacidad de acopio. Yo rememoro un sufrimiento constante pero soportable. Vivo en la casa de alguien más, y a veces siento que soy solamente una carga. Es cierto, sería imposible para mi vivir sola… ¿Pero es que, acaso, es posible eso para alguien?

En cierto momento de mi vida, comencé a dudar de la existencia de Dios; hoy puedo aceptar que creo en él porque lo necesito. Quizás porque hoy mi nieto es mi tío, mi hija mi madre y mi padre es mi Dios. Amo a mi padre, como quien ama a alguien que ha cometido un error, atroz… pero involuntario.

Presiento la muerte; no la anhelo, ni le temo, no le rehúyo, ni la espero… tan sólo la presiento. A veces pienso que Dios se ha olvidado de mí. Aprecio que me inviten a consumar actividades recreativas, pero ellos no saben lo que es esperar con morbosas ansias la muerte.

Entiendo que los jóvenes me compadezcan. Entiendo que deseen mi muerte creyendo que me hacen un bien. Comprendo que el estado actual de mi cuerpo y de mi mente les recuerde, acompañado de un pánico atroz, que la muerte también es inevitable para ellos…