El Principito - Antoine de Saint-Exupéry - Manuscrito inédito - Paris - Acertijo - Misterio - Hojas - Descubrimiento de el Principito

El embajador


Antes de comenzar, debo advertir al lector ocasional sobre el contenido de las líneas por venir. Si bien no son pocos los detractores que suelen argumentar que mis textos plantean escenarios improbables y hechos inadmisibles (siempre sustentados sobre supuestas vicisitudes verdaderas), debo confesar que estas críticas no logran alejarme de mi tarea original. La tarea que he adoptado con humildad pero con ahínco, la tarea de dar a conocer los hechos de los que he sido espectador o de los cuales he tenido noticia. Es por eso que reitero que, aún a pesar de lo que muchos dirán en sus críticas o comentarios, este texto no es un relato fantástico; sino, más bien, la fatigosa descripción de los hechos que tuvieron lugar el  pasado mes de abril en la ciudad de París.

Me hallaba en la bella ciudad que inspiró a Baudelaire y a Verlaine en un viaje de placer o de negocios que, en el último tiempo, se habían convertido en lo mismo para mí. Cruzaba aquel puente de nombre irónico sobre el Sena para abandonar la Île de la Cité (aquella isla que supo ser toda la ciudad en los días de Julio César), cuando me crucé casi de frente con Pierre Bourdieu. A mí acaso el paso de los años logró engañarme, pero él supo reconocer inmediatamente mi francés precario, con un tímido acento sudamericano. Yo intentaba explicarle a un alumno que no hay diferencia alguna entre la descripción de París que Cortázar esgrime en el capitulo primero de Rayuela y la que hará después, sobre Buenos Aires, en los capítulos finales. Sin duda, (y lo sé porque el mismo Bourdieu me lo confesaría tiempo después) me delató la errónea pronunciación de la palabra pissotière.

Nuestra relación nunca constó de las trivialidades propias de los protocolos, por ende, no tardó más que unos pocos segundos en compartirme un adelanto de aquello en lo que había estado trabajando. Me dijo brevemente que había hecho un descubrimiento que me resultaría extraordinario y que reconocía que nuestro encuentro podría ser circunstancial pero nunca azaroso; me pidió, sin más, que lo acompañara a su estudio de la Rue Perronet.

Al llegar, no se molestó si quiera en ofrecerme algo para beber. Me indicó un viejo sofá de una sola plaza y de color verde inglés, y me dijo que me prepara para observar uno de los mayores descubrimientos en la historia de la literatura moderna. No pude más que esbozar una sonrisa de desconcierto entremezclado con alegría; era como ver a un niño que estaba a punto de perpetrar una travesura.

Cuando finalmente pudo descifrar el cerrojo, extrajo del cajón de su escritorio dos hojas de papel con unas finas inscripciones en lápiz. En un principio pensé que las hojas habían sido derruidas por el tiempo, pero luego reparé en el material: un papel delgado y transparente, similar al utilizado para el envío de cartas durante la segunda gran guerra.

Bourdieu las colocó cuidadosamente en mis manos, y esperó expectante a que yo pudiera descifrar de qué se trataba. Las miré por un largo rato. La escritura era casi imperceptible. Los años habían borrado la huella tenue de un lápiz de carbón, y el pergamino amenazaba con desvanecerse como arena entre mis dedos. De la primera página que acerqué a mis ojos no reconocí nada. Unas cuantas frases en un francés simple y poco trabajado, que hablaban sobre el encuentro entre dos personajes: uno, un viajero; el otro, un local. Al comenzar a descifrar las palabras no sólo no reconocí en ellas nada que hubiera leído antes, sino que el estilo me pareció un poco pueril; como el utilizado en la literatura infantil.

-Lo siento viejo amigo, pero no entiendo qué esperas que yo encuentre aquí- Le dije mientras levantaba la cabeza y fingía un poco de extrañeza.

-Allí nada- respondió para mi sorpresa –Esa hoja es inédita. Quiero que reconozcas el texto que puede leerse en la otra.

Si bien la primera hoja que tomé por azar nada había ayudado a descifrar el misterio, al comenzar a leer la segunda mis ojos no podían creer lo que observaban.

Sonreí, y volteé a verlo con una mirada suspicaz. -¿Qué es esto? Le pregunté, conociendo la respuesta.

-Eso, querido amigo, aunque tus ojos no den cuenta de ello, es una hoja del manuscrito original del texto que marcó tus infantiles inicios en la literatura.

Lo sabía. Comencé por reconocer algunas frases, algunos de los vínculos literarios que se establecían en la historia. Resolví rápidamente que la hoja pertenecía a algún pasaje del capitulo diecinueve, en el que El Principito se encuentra con el eco de su propia voz en alguna montaña.

-¿Y cómo fue que este material llegó a tus manos?- Le pregunté con la emoción a flor de piel.

-Estrictamente hablando – me respondió como solía hacerlo Bourdieu- el texto no llegó hasta mí, fui yo quien salió a su encuentro.

Entonces explicó cómo había sucedido todo:

-Supe de dos hojas extrañas que parecían poder tener algo de valor gracias al servicio de un informante sobre antigüedades y artículos de subasta; un viejo marroquí que trabaja por unas cuántas monedas. Me dijo que se estaba corriendo la voz de un supuesto manuscrito del Principito que nunca había llegado a las manos de la Librería Morgan de Nueva York y que todo el mundo había resignado al extravío o al olvido, como a su desdichado autor. Por un frugal dinero aceptó llevarme con quien lo poseía y lo compré por menos de por lo que podré, sin duda, venderlo.

-Me parece muy bien – argumenté mientras me levantaba lentamente del sillón- Lo que posees es de gran valor y podrás venderlo bien, colega.

-¿Qué acaso no entiendes? – Me preguntó mientras apoyaba su mando sobre mi hombro izquierdo y me forzaba suavemente a sentarme de nueva cuenta- Mi plan no termina allí, y el hecho de haberte cruzado hoy implica que podrás ayudarme a llevarlo a cabo.

Bourdieu explicó que nadie en su sano juicio aceptaría deshacerse de una material tan relevante, quería atesorarlo y compartirlo con las futuras generaciones de su linaje. Sin embargo, poseía a la vez muchas deudas y cuentas por pagar, y sabía bien que podría obtener mucho dinero de la venta del manuscrito a una casa de subastas.

-Planeo hacer una copia exacta pero falsa –Me confesó casi susurrando. Planeo reproducir cada trazo, cada imperceptible doblez en el papel y sustituir el manuscrito original por mi versión.

-Yo no puedo ayudarte en eso, sabes bien que soy un muy mal copista – Repliqué sin pensarlo.

-Eso lo tengo muy claro – contestó de inmediato – Y jamás te pediría que hicieras algo así, sabiendo el enorme riesgo que conlleva. Sin embargo, hay algo en lo que aún puedes ayudarme. Lee atentamente el capítulo inédito y ayúdame a resolver el misterio que alberga.

Sonreí y, sin dudarlo, me dispuse a leer aquel texto (cuya traducción expongo enseguida):

“El principito continuó su camino. Nada en este viaje había sido claro, así que ese último encuentro tampoco tendría porqué serlo. Dando vuelta a una montaña vio a un hombre sentado en su escritorio en una intemperie absoluta.

-Por favor… ¡Dibújame un cordero!

El hombre ni siquiera osó inmutarse. Estaba demasiado ocupado como para prestarle atención a la demanda de un niño.

-De verdad, ¡Dibújame un cordero! – Insistió.

-No puedo ¿Qué no ves que estoy ocupado? – Replicó el hombre

-¿Ocupado? ¿En qué estás ocupado?

-Estoy tratando de solucionar los problemas del mundo-

-¿Es usted quien resuelve aquí los problemas?

-Claro, esa es la función de un embajador- Contestó el hombre no sin algo de orgullo

-¡Qué bien! Resuélvame el mío, por favor… ¡Dibújeme un cordero! – Insistió el principito que nunca olvidaba un pedido una vez lo que había hecho.

-Yo no resuelvo ese tipo de problemas; los problemas que yo resuelvo son de suma importancia. Eso lo podría resolver cualquier dibujante.

-Deberé de buscar a cualquier dibujante entonces – Pensó para sí el Principito- ¿Y qué problema está resolviendo ahora mismo?

-En este momento me encuentro buscando una palabra. Una palabra clave para resolver el mayor problema de mi planeta, la tierra. En el momento que halle esta palabra habré solucionado todo.

-¿Y cómo piensa encontrarla?- Preguntó el Principito.

-Tenía dos pistas: la primera la olvidé, y la segunda es que es una palabra conformada por seis letras – Contestó el embajador rápidamente y luego se avocó otra vez a su trabajo.

El principito, entonces, se marchó. Las personas mayores son decididamente muy extrañas, se dijo simplemente a sí mismo durante el viaje”.

Hasta aquí la transcripción. Comprendí ciertamente que lo que Bourdieu esperaba es que yo descifrara cuál era aquella palabra que el personaje del embajador en el texto inédito de Saint-Exupéry buscaba: una meta casi inalcanzable. Pero conocía bien a mi amigo, y podía asegurar que nunca me dejaría abandonar aquel departamento parisino hasta que no tuviera yo la respuesta.

Mi primer acercamiento a la historia del Principito databa de mi más tierna infancia; recuerdo haber leído el libro cuando tenía nueves años, y haberlo releído una vez cada tres hasta mis años de universitario. Pero este hecho, sin duda, no me capacitaba para cumplir la tarea asignada por Bourdieu.

El texto era concordante; no era disparatado creer que aquellas páginas podrían haber formado parte del manuscrito original. La escritura simple, el misterio de la elección de ciertas palabras y la enumeración a través de comas lo delataban. Ahora bien, al igual que en el resto de la obra, esa fachada de ejecución aparentemente simple no le restaba complejidad y profundidad al contenido. Se hacía evidente que lo que se jugaba tras el misterio de esas seis letras no sería algo vano. Saint-Exupéry, se las había arreglado para poder articular un gran compendio filosófico y casi antropológico tras la exposición de las inocentes aventuras de un niño proveniente de otro planeta. Ésta, sin duda, era otra de sus estratagemas.

Me tomó cerca de dos días resolver el misterio, aunque desde el inicio supe que la clave estaba escondida en la pista olvidada. A un costado del manuscrito, en el margen, donde se hallan en realidad las verdades de todo texto, pude desde el inicio observar unos símbolos que rápidamente captaron mi atención (los reproduzco a continuación):

G…? – je ne sais pas…

Supe que allí se encerraba el misterio. Pero no fue sino hasta el día siguiente, justamente cuando Bourdieu me ofrecía una taza de té entibiado por el clima, que lo comprendí:

Saint-Exupéry pretendía, como lo hace a lo largo de todo el texto, expresar la verdad filosófica que lo orillaba a escribir, pero quería hacerlo de un modo oculto, enmascarado, velado. Pretendía exponer sus ideas, sí, pero sólo para que los lectores más perspicaces pudieran comprenderlas: por eso la Rosa, por eso el deshollinar, por eso el farol y por eso la serpiente. Había planeado, entonces, la existencia de un acertijo más en este capítulo inédito. Quería que el lector comprendiera, pero no de un modo evidente. Por ende, propuso la reproducción de un acertijo; y había fijado, originalmente, la existencia de dos pistas: las seis letras y una más.

Sin embargo, el autor comprendió que dos pistas plantearían un trabajo demasiado sencillo. Fue por esto que decidió que su personaje “olvidara” una de ellas. Lo único que debía hacer yo, para cumplir mi tarea, era entender cuál era esa pista olvidada.

La respuesta la otorgaron los símbolos del margen: la palabra que buscaba el embajador comenzaba con la le letra G.

Sonreí solo en la sala y sorbí el último trago de té. Tomé mis cosas, y me dispuse a retirarme. Bourdieu estaba aún en el baño, así que no quise molestarle. Cuando abrí la puerta que da a la calle vi a mi amigo aún con espuma de afeitar en el rostro, asomado por la ventana y gritándome:

-¿A dónde vas? ¿Ya descubriste la palabra?

Miré hacia arriba y le contesté sonriendo: -Guerre, Bourdieu… La palabra es guerre

París, 2012